Gustavo J. J. Nieto

Del infierno no se salva nadie

La puerta del vehículo se abrió y los convidados aplaudieron entre gritos y saltos al artista esperado. Cuando Josefín del Río se bajó, sus parientes, amigos, coleccionistas y aficionados al arte lo abrazaron, le estrecharon la mano y hasta lo besaron, pues tener delante a tan talentoso artista era una bendición y una oportunidad que nadie podía desperdiciar. Lo admiraban desde sus inicios, desde la época que solo pintaba líneas y esferas. Algunos de los que estaba allí ya habían comprado sus cuadros, la mayoría eran políticos, grandes empresarios y mafiosos, los únicos se podía permitir pagar las exorbitantes cifras que valía cada pieza.  

El artista cortó la cinta de la entrada, estaba tan emocionado que le temblaban las manos. Él había expuesto en los museos más prestigiosos del mundo, pero esa era la primera vez que había participado en el proyecto de construcción y decoración de una galería, el alcalde le hizo la invitación, y él como persona influyente y famosa no se pudo negar.  

Josefín del Río subió a la tarima para dar su discurso de apertura, seguido de varias personas influyentes que solo querían hacer bulto. Los asistentes lo aplaudían y le lazaban besos, todavía sin creer que estaban frente a él.  

—¡Buenas noches! Para mí es realmente un placer estar aquí con todos ustedes. Tengo que agradecerle al alcalde, que hizo esto posible. Ahora ciudad Naranja tiene otra galería…y es un orgullo…—Le costaba pronunciar las palabras porque estaba muy emocionado, en cualquier momento rompería en llanto—. Gracias por… 

«Guarde su compostura, señor Josefín, que sus lágrimas resbalarán por sus mejillas, igual que resbalará su fama si ve en la exageración una ganancia indiscutible. ¡Oh! Exagerado como nunca. ¡Oh! Exagerado como siempre. Pero, ¿acaso no ve la incomodidad que causan sus obras en el recinto?, ¿acaso tendremos que morir bajo las pinceladas de espanto que su alma ha plasmado en el lienzo indefenso? Deje la charlatanería, por favor.», pensó Valmiro Puente, uno de los entusiastas que lo aplaudió cuando llegó. 

—Estos muros diseñados para que perduren por la eternidad —continuaba Josefín— son expresión de mis ganas de superarme. 

«Pero, ¡¿Qué dices, Josefín?! Ese tipo de columnas ya no se proyectan. No han dejado iluminación natural, y puedo entenderlo por la cuestión de las obras de arte, sin embargo, algunos lugares de la galería podían tener ventanales. Además, esas formas redondas son una mala imitación de Gaudí, ¿cómo te atreves? Es obvio que no hubo un estudio previo para elaborar el proyecto», pensó Astrid, una de las casi lloró de la emoción cuando vio al artista llegar.  

—Cada pared recibió un baño de color… 

«Y nosotros estamos recibiendo un baño de mierda. Podían haberme contratado a mí. Por ahorrarse unos pesos, vean como quedaron las paredes. Lanzaron brochazos para todos lados. Mancharon el piso, no todos están pendientes de esos detalles. Y de paso, usaron pintura barata porque apenas me recosté de la pared y me manché todo…», reflexionó Poncho, uno de los aficionados al arte.  

—Para concluir mi mensaje, espero que les gusten las pinturas de esta exposición. Después anunciaremos los precios… 

«Ya es hora de que se calle. Cuando todos vayan a ver el cuadro del fondo, soltaré las bombas de humo. Agarro la pintura del autorretrato y corro. Es eso. Podría gritar “Sorpresa”, montón de imbéciles todos. Ojalá Víctor me espere con el carro encendido. A la medianoche deberíamos estar en la carretera 85, para intercambiar la pintura por la copia, y más tarde estaremos en el tren, rumbo a ciudad Patilla, donde iniciaremos una nueva vida.», pensó Jon, uno de los que había recibido al artista con un beso.  

© 2024, Gustavo J. J. Nieto

Ilustrado por Gustavo J. J. Nieto

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