Gustavo J. J. Nieto
El Feriado
Faltaba poco para las siete de la noche y Alfonso miraba por la ventana de la oficina deseando que su jornada terminara por fin. Aquel miércoles había respondido más correos de lo habitual, había tenido un almuerzo con sus superiores y había participado en tres reuniones, una de las cuales no había terminado de la mejor manera que se diga, pues el jefe regional les había reclamado que las metas de la empresa estaban bien lejos de ser alcanzadas en el último trimestre del año. Se subió los lentes hasta la frente y se masajeó los ojos con las puntas de los dedos para ver si el dolor de cabeza se le desvanecía. Estiró el cuello hacia los lados con la esperanza que se le quitara la rigidez que tenía en toda la espalda y que le ocasionaba dolor en los hombros. Cuando vio que el reloj de su ordenador marcaba las siete en punto, cerró todas las ventas de su pantalla y lo apagó, entonces dejó escapar un suspiro que le permitió que su espalda y sus hombros se relajaran. «Empezó el feriado», se dijo.
Alfonso salió de la oficina casi corriendo, ni se despidió de sus colegas porque lo que menos quería era pasar más tiempo del necesario en el trabajo, pensó que al regreso del feriado ya tendría tiempo para ver cómo sus compañeros la habían pasado en los días de descanso que tenían. Iba tan distraído que metió un pie en un gran charco que se había formado en la calle, pues había llovido durante todo el día. Sin embargo, Alfonso se limpió el barro del zapato y rio, pues nada le quitaría la felicidad que sentía en aquel momento. Solo volvería a trabajar dentro de cuatro días.
Se montó en un taxi para regresar a casa, saludando al chofer con entusiasmo. La lluvia había empeorado el transito como de costumbre, las personas atravesaban la calle sin esperar que el semáforo les diera la señal y los conductores, en un intentando de luchar contra el embotellamiento, tocaban las bocinas como desquiciados.
Alfonso solo pensaba en los cuatro días que iría a pasar con su amada Julieta, en una casa de campo que habían alquilado en las afueras de la ciudad porque ambos deseaban alejarse del estrés y de la violencia de la selva de concreto. Durante una semana habían estado diciendo cuál era el mejor lugar para tener contacto con la naturaleza, querían respirar aire puro, recoger flores en el campo, bañarse en el río, despertarse con el cantar del gallo, comer escuchando el canto de los pájaros y perseguir las mariposas a través del pasto fresco. Así se dejaron convencer con el anuncio de la hacienda «Dulces Sueños», que prometía una experiencia de contacto natural como ninguna otra, el anuncio decía que en aquel lugar los humanos y la naturaleza se fundían en una convivencia simbiótica extraordinaria, y era eso lo que Alfonso y Julieta andaban buscando.
El despertador sonó a las cinco en punto, Alfonso y Julieta se despertaron sonriendo porque en pocos minutos estarían a camino de la Dulces Sueños. Se apresuraron a agarrar sus bolsos y la comida para emprender el viaje. Después de dos horas ya habían recorrido casi todo el trayecto, habían dejado los edificios en el olvido y se habían adentrado en el campo. En el camino las cercas de madera y alambre de púas se alzaban, las praderas se dejaban ver en el horizonte, los árboles se agrupan por doquier, las vacas de las granjas pastaban tranquilamente y las garzas se distraían en las lagunas buscando pesces.
Supieron que habían llegado cuando vieron un letrero que decía: «Bienvenidos a Dulces Sueños. La naturaleza te amará». Alfonso se bajó del auto para abrir el portón, hecho del mismo material que las cercas. Giró la cabeza hacia los lados para disfrutar de la tranquilidad que se respiraba, de la brisa que le refrescaba el rostro y el cielo azul que parecía caérsele encima. Julieta avanzó con el auto mientras su esposo cerraba el portón. En seguida, Alfonso volvió a tomar el volante y condujo sobre un camino de tierra por el que se adentraron en la hacienda hasta llegar a una pequeña casa de madera.
El primer día lo aprovecharon al máximo. Corrieron por el campo, recogieron hortalizas de la huerta, divisaron una liebre con sus crías y vieron como las abejas habían construido grandes nidos en una mata de mango frondosa. Era ese contacto que estaban buscando desde hace meses. Al caer la noche estaban muy cansados tanto por el viaje como por las actividades que habían realizado, entonces cayeron como dos piedras en la cama.
A la mañana siguiente cuando despertaron se fijaron que algunas plantas habían crecido tanto que entraban por las ventanas de la habitación. Imaginaron que estaban tan cansados que no las habían visto, además, el verdor le daba un aire más fresco a la habitación, y pensaron que había sido idea de los propietarios por aquello de «sentir la naturaleza».
Alfonso y Julia no perdieron tiempo y se fueron a conocer los bosques de alrededor. Caminaron por horas, corrieron atrás de las mariposas, comieron frutas silvestres. Pasaron la tarde bañándose en el río hasta que se dieron cuenta que el sol se ocultaría en poco tiempo, por lo que tomaron el camino de vuelta. Estaban contentos de haber hecho aquellos planes para el feriado, pues estaban maravillados de todo los que sus sentidos captaban: el olor a monte y a flores, los ruidos de las aves, la peala de las ardillas y los zamuros que se agrupan en lo alto buscando comida. Todo era hermoso.
Ese día disfrutaron tanto que se durmieron sin cenar y sin fijarse que dentro de la habitación había una gran garza observándolos, y que las plantas habían avanzado más hacía la cama, surgiendo entre los libros de la pequeña biblioteca que había en el lugar, del techo y del armario, estaban por todos lados.
Alfonso fue el primero en sentir los pocos rayos de sol que las plantas dejaban pasar, intentó quitarse algo que tenía alrededor de la boca, pensando que era una sábana, entonces percibió que varias enredaderas le sujetaban con fuerza los brazos. Su corazón se aceleró cuando sintió que sus piernas también estaban aprisionadas por las ramas de las plantas que se agitaban por toda la habitación. Quiso gritar, pero las raíces alrededor de la boca se lo impedían. Se movió hacia los lados intentando levantarse, pero las plantas eran más fuertes. Aunque no pudiera verse, sabía que su cabeza estaba roja por el calor que sintió.
Julieta se despertó, confundida trató de levantarse, pero fracaso en cada intento. Pujaba con fuerza para ver si conseguía romper las enredaderas, pero las plantas la apretaban más y más. No podía gritar. Imaginó que estaba tan atrapada como su esposo, que veía de refilón, entonces las lágrimas bajaron hacia la cama. No entendía quién les estaba haciendo aquello, hasta que vieron que otra raíz que descendía del techo, de la cual saltó una ardilla que aterrizó en el pecho de Alfonso.
La garza blanca que los había estado vigilando empezó a recorrer la habitación, la siguieron con la mirada hasta que el animal se detuvo frente a la puerta, hizo varios movimientos hasta que la abrió.
Alfonso y Julieta sintieron que algo caminaba sobre sus cuerpos. Las hormigas se fueron juntado en los brazos de la pareja. Los dos se movían con fuerza, pero las hormigas siguieron mordiéndolos, eran miles. Gritaron todo lo que pudieron, pero las mordazas no dejaban que el sonido se esparciera. Lo único que se esparció fue el veneno de los insectos que producían un dolor que les quemaba la piel.
La ardilla saltó hacia la cara de Julieta y se aferró a la nariz con sus largos dientes. Alfonso tuvo dificultad de respirar al ver a su mujer siendo desmembrada. La madera del piso sonó anunciando la llegada da alguna cosa que hizo que el corazón de Alfonso casi se detuviera, en ese instante la garza se apartó de la puerta para que una bandada de zamuros entrara. Las aves se unieron al festín arrancándole la piel a la pareja mientras las hojas verdes de las plantas se movían al recibir rocío de sangre.
La pareja se agitaba en un inútil intento de que no se los comieran. La habitación se llenó de mariposas que se pararon sobre las cabezas de los dos, se bebían el sudor del desespero e intentaban perforarles los ojos con sus trompas, pero por ser muy débiles no lo lograban.
La garza blanca saltó a la cama y sintió pena de las mariposas. Se acercó a la cara de Julieta y le arrancó los ojos para que las mariposas pudieran comer, en seguida le sacó los ojos a Alfonso.
Y eso fue lo último que vieron antes de que la naturaleza los hiciera parte de ella.

