Gustavo J. J. Nieto

La herencia de Rosalba 

El día que anunciaron la muerte de Rosalba Villanciquera nadie en la ciudad pudo disimular la curiosidad por saber quién heredaría todas las propiedades de la influyente señora, pues desde hace décadas jamás habían visto a ningún familiar pasar a verla o a darle los buenos días siquiera, apenas convivía con sus empleados y, por supuesto, con sus clientes.  

La señora Villanciquera había hecho su fortuna vendiendo arreglos florales desde hace años. Decían que sus arreglos de girasoles eran los mejores para pedir matrimonio, los de azucenas para cumpleaños, los de rosas para pedir perdón y los de claveles para despedir a los difuntos. Tenía talento para las flores y para la administración, y gracias ese «don», como le decían algunos pobladores, había podido sembrar sucursales por doquier de La Margarita Feliz, su floristería.  

Aunque no le conocían familiares, ella nunca estaba sola, pues su gran mansión de quinientos metros cuadrados siempre estaba llena de personas, sobre todo cuando daba las mejores e inolvidables fiestas de la ciudad, a las que todos en algún momento de sus vidas habían asistido.  
Algunos rumores deban por sentado que el heredero sería Martín Palacios, uno de sus empleados de confianza, y el que había organizado el velorio de su querida jefa en la funeraria más lujosa de la ciudad.  

Los empleados fueron llegando a la ceremonia de despedida, pensando en quién se haría cargo del negocio y preguntándose si no los despedirían al día siguiente. Talvez alguno de los asistentes sería el que quedaría responsable por las tiendas, probablemente sería Martín, entonces algunos trabajadores pensaron que era conveniente que las personas vieran que ellos se importaban con la señora Villanciquera porque así no dudarían que debían seguir trabajando en La Margarita Feliz. Fue en ese momento que comenzó la lloradera.  

Los trabajadores comenzaron a llorar como si realmente sintieran aquella pérdida, pensaban más en la posibilidad de perder sus empleos que otra cosa, entonces lloraban más alto. Siempre que aparecía alguien en la puerta, lloraban más y más alto, hasta que llegaron personas que nunca habían visto en la ciudad y desfilaron al frente del ataúd asegurando que eran los familiares de la muerta. 

—¡Hermana querida! ¡Rosalba, te extrañaré! —dijo una mujer que casi se mete dentro de la urna— Yo no dejaré que tus flores se sequen, te lo prometo. 

—Sobrina de mi corazón, siempre decías que me hiciera cargo de tus flores, de tus margaritas— gritó una señora que tuvieron que agarrar cuando se cayó al suelo.  

—Tía Rosalba, ¿me escuchas? Soy yo, Jacinto, tu sobrino favorito— dijo un hombre de unos treinta años que llegó en franelillas, bermudas y lentes de sol, lucía un bronceado uniforme. Enseguida se puso a gritar como desquiciado que quería que lo enterraran con ella.  

—Madrina, usted siempre quiso que me hiciera responsable de su caserón, y aquí estoy para cumplir mi palabra.  

—Tiita Rosalba, yo siempre estuve pendiente de ti, nunca te abandoné. 

—Cuñada de mi corazón, te extrañaré. Siempre te lo dije en vida, no hay cuñada como tú. Nadie conocía tus carros mejor que yo, y tú lo sabías por eso apenas me los confiabas a mí.  

Ante el dolor y el escándalo de los familiares, los empleados suspendieron el llanto porque era difícil competir por la atención contra los gritos, desmayos y sofocos de los que al parecer eran los herederos de la señora Villanciquera. 
Cuando ya había oscurecido, llegó al funeral un hombre usando traje de corbata y llevando un maletín. Los asistentes supusieron que era el abogado de la muerta, que ya había hecho presencia para preparar todo para la lectura del testamento. El hombre caminó hasta el centro y se paró al lado del ataúd, sacó un papel del maletín y preguntó:  

—¿Quién es el representante de la señora Rosalba Villanciquera? 
De todos los rincones salieron personas que aseguraban que eran ellas. Cada una informaba que era el ser más querido y amado de la difunta. Hasta algunos empleados se atrevieron a decir que también eran parte de la familia. El único que no apareció, para sorpresa de muchos, fue Martín Palacios, que en ese instante estaba abordando un avión que lo llevaría lejos de la ciudad. El abogado los miró contento de que los tramites serían más fáciles de lo que había pensado.   

—Qué bueno que la señora Rosalba tenía muchos seres queridos y responsables, pues así van a poder pagar las deudas que dejó. Le debe al banco, a los acreedores y, de seguro, a sus empleados.  

Nadie más lloró. Los lazos sanguíneos se rompieron, los que se creían con derecho sobre los bienes de la muerta no se volvieron a ver en la ciudad más nunca. Los empleados se quedaron sin trabajo y Martín Palacios pronto se percataría que las tarjetas de La Margarita Feliz no tenían fondo. 

© 2024, Gustavo J. J. Nieto

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