Gustavo J. J. Nieto

Benjamín

Se despertó en medio del bosque preguntándose cómo había llegado ahí. Miró a su alrededor intentando reconocer el lugar, pero, para su desgracia, descubrió que nunca había estado allí. La vegetación era espesa, los arbustos peleaban por los pocos rayos de sol que llegaban hasta ellos, los árboles eran tan altos que no se podían ver sus copas. Sintió miedo, pero no sabía si debía quedarse a esperar que lo rescataran o si debía buscar una salida que lo llevara a un lugar conocido. De pronto, escuchó una suave melodía que hizo que se relajara. Comenzó a buscar de dónde venía el sonido, se adentró más en el bosque con la certeza de que en poco tiempo estaría en un mejor lugar. La melodía aumentaba conforme iba caminando, hasta que se dio cuenta que el sonido tenía el ritmo de sus pasos y que los árboles se movían cuando él lo hacía, entonces se alegró al saber que eran las plantas que producían el sonido que lo relajaba.  

Caminó por un buen rato maravillándose del bosque musical, ya no tenía miedo porque todo le resultaba impresionante. Las copas de los árboles se separaban dejando entrar rayos de luces por doquier, era como una lluvia. Comenzó a bailar dando saltos y abrazando a las plantas, los arbustos le devolvieron el gesto y lo abrazaron también. Ellos estaban felices por la lluvia de luces, que necesitaban para hacer la fotosíntesis; no podían vivir solo de agua.    

Después de haber bailado hasta el cansancio, anduvo hasta llegar a un espacio donde el sol y el cielo eran visibles. En aquel lugar, había dos plantas conversando, ambas usaban zapatos en sus raíces. Se acercó a ellas y les preguntó que en qué lugar se encontraba, que cuál era el nombre de aquel bosque. 

—Estás en el bosque sagrado—dijo una de las plantas—. Aquí es el Reino Vegetal.  


—Y ustedes, ¿quiénes son? 

—Yo soy Hierba Buena —dijo la planta que usaba zapatos azules—. Yo puedo dar el poder a las plantas de dar buenos frutos, que otros seres pueden comer.  

—Yo soy Hierba Mala —dijo la de zapatos blancos—. Yo me encargo de eliminar a los seres que nos quieran hacer daño.  

—¿Y por qué usan zapatos? 

—Nos ayudan a pensar mejor, y entender a los seres que nos hacen daño —respondió Hierba Mala.  

Pensaba que todo aquel bosque le parecía un sueño, aquellas plantas le transmitían paz, además sus zapatos le parecían graciosos. 

Hierba Mala se le acercó y la tocó con una de sus raíces. 

—Ten cuidado con tus hojas. Por ahora tienes apenas una, pero cuando te salgan más, debes llevar solo el sol necesario porque si no se te quemarán.  

—¿Mis hojas? —preguntó Benjamín. 

—Sí. Tus hojas.  

Benjamín extendió sus raíces y palpó sus propias hojas, era una planta que acababa de brotar.   

© 2024, Gustavo J. J. Nieto

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