Gustavo J. J. Nieto

La gravedad del asunto 

Aquella mañana Braulio se levantó bien temprano para correr en el parque. No recordaba ya cuánto tiempo hacía que no practicaba deportes, pues había pasado los últimos años encerrado en el laboratorio de física de partículas de Valencia, liderando su investigación más importante. Su médico le había dicho que era primordial que mantuviera su salud en buen estado para que disfrutara de todos los reconocimientos que sus descubrimientos le traerían. Sonriente, se comió una arepa con queso, calzó sus zapatos deportivos y salió.   

El parque estaba lleno de corredores, que al igual que él, parecían entusiasmados, y no era para menos, pues los árboles y los arbustos repelían su verde vivaz y su oxigeno fresco por todos lados. Las ardillas salían a su encuentro cuando pasaba cerca de sus nidos y las mariposas lo acompañaban en su recorrido. Sentía como el aire batía contra su rostro y lo llenaba de energía. «Qué sensación tan maravillosa», pensó mientras atravesaba uno de los puentes que se levantaban sobre los riachuelos que serpenteaban el terreno. Le hubiera gustado hacer aquello antes, pero, la verdad, no se arrepentía de haber dedicado muchos años a su investigación, por todo lo que significaba para la humanidad, y porque en las próximas semanas debería viajar a Estocolmo para recibir el premio Nobel de Física.  

Braulio había corrido por media hora, cuando se detuvo a tomar agua porque estaba exhausto; no estaba acostumbrado a aquel trote. Miró alrededor buscando un asiento, en ese instante sintió que el terreno se movía y tuvo la impresión de que estaba mareado, quizá se había excedido en su trote, entonces se tumbó en el suelo para ver si se le pasaba. Vio que los otros corredores también se habían detenido, muchos retrocedían y miraban hacía todos lados buscando un camino por el que pudieran escapar, si es que había alguno.  

Se puso de pie como pudo apoyándose en el suelo. Veía como los árboles se despegaban de la tierra y ascendían hacía las nubes. El agua de los riachuelos, las piedras y las hojas secas se elevaron por los aires también. Las ardillas flotaban por doquier intentando sujetarse a algo. Los aleteos de las mariposas tenían diez veces la fuerza de antes haciendo que estas ganaran mucha altura con poco esfuerzo. Las personas gritaban mientras huían del parque, buscaban refugio debajo de los puentes, pero las estructuras salían volando. Braulio comenzó a correr, necesitaba llegar a su casa. Sintió ganas de vomitar, veía hacia diferentes lugares, pero no reconocía las calles porque los edificios flotaban, excepto uno, el de la alcaldía.  

Llegó al único edificio que no estaba en las nubes, sino rodeado por centenas de guardias armados de pies a cabeza. Braulio se acercó disimulando su sorpresa, algo pasaba en aquel lugar. Los guardias lo miraron, pero no lo detuvieron, así que subió las escaleras hasta la puerta principal. Uno de los sujetos lo reconoció y le dijo que su entrada era por la otra puerta, pues el evento era en el auditorio. Aunque él andaba de ropa deportiva, lo dejaron pasar, sabían que la mayoría de los científicos no se importaban con sus atuendos. Entró al auditorio con el corazón casi brotándole por la boca. 

El recinto estaba abarrotado de personas importantes que reconoció: presidentes de naciones vecinas, empresarios y lideres religiosos. En el estrado estaban varios de los inversores de su investigación, reían como desquiciados, sus miradas encandilaban. A su lado, el alcalde se dirigía a los presentes: 

—…entonces cuando salgan de aquí, verán el poder que tenemos. Pasamos años invirtiendo en ciencia y hoy recogemos los frutos de eso. Somos poderosos, incluso, más que los países, los ejércitos, las empresas y las religiones que representan. A partir de hoy la Tierra nos pertenece a nosotros, y el que no pague por gravedad ya no tendrá los pies sobre ella y vagará por el espacio.  

Braulio vomitó sobre la alfombra del auditorio, temblaba y estaba frío, arrepentido de haber descubierto la partícula más buscada de las últimas décadas, el gravitón, y la forma de controlarla.  

© 2024, Gustavo J. J. Nieto

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